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CREATIVIDAD
Y DESARROLLO
Alberto Félix Labarrere Sarduy *
INTRODUCCIÓN
Cuando me propusieron expresar algunos de mis
puntos de vista sobre la creatividad en este Simposio
sobre Biodanza, Educación y Terapia, dudé
en buena medida. Dudé, porque si bien he
trabajado la creatividad a lo largo de muchos
años, no ha sido así con la (Bio)danza.
Los conocimientos que poseo acerca de Biodanza
resultan bastante aproximativos, y es esta una
de las primeras oportunidades de introducirme
sistemáticamente a los fundamentos, tradiciones
y métodos de esta escuela o movimiento,
que hoy tiene adeptos a escala mundial.
Más allá de cierta experiencia con
bailes -preferiblemente caribeños- la danza
en sí misma es un dominio que también,
como especialidad, me es un tanto ajeno. Pero
el tema de Biodanza que nos convoca, me trajo
a la memoria momentos del disfrute de la música
y los pasos; el gozo individual y colectivo (en
pareja o grupos mayores) que se produce cuando
nos aplicamos o entregamos al baile. Tal vez este
sea un buen motivo de comienzo para exponer mis
puntos de vista.
EL SENTIDO DE LA DANZA
En el baile, puede uno hacerlo mejor o peor; lo
único que importa es el cuerpo y la música.
El cuerpo en la música o la música
en el cuerpo; la música que atraviesa el
cuerpo o viceversa, produciéndose una simbiosis
donde el baile, lo bailado y el bailador, devienen
uno, indiferenciables en ritmos y melodías.
Se vence entonces la traba que significa hacerlo
mal; se rompen las ataduras y en consecuencia,
uno se halla en un ambiente de creatividad y creación.
Es la eclosión de significados que no sabíamos
que teníamos ahí en el cuerpo, pero
que ahora éste expresa como si los hubiera
aprendido y únicamente estuviera esperando
el momento propicio para decirlos, mostrarlos,
para arrojarlos al mundo, como algo nuestro que
desde ese momento deja de pertenecernos. Ese,
el contexto del baile y la música, del
cuerpo y el baile, de la música y el cuerpo,
se expresa como ámbito donde cada uno crea
a su medida; genera pasos nuevos, anticipa acordes,
prolonga otros, acorta unos más y así
da a luz un universo de placer que se transmite,
o contagia en un efecto circular o de circularidad
plena, que se prolonga, que permanece más
allá del momento de la danza que vivenciamos.
Tal vez este sea un sentimiento atávico.
Herencia de tiempos ancestrales, transmitida en
nuestra biología: así debió
sentirse el hombre primitivo cuando en su danza
creaba el mundo, generaba su subsistencia. Creaba
el mundo y se creaba a sí mismo en el ritual
danzario.
En lo anterior, he tratado de evidenciar la noción
de unidad, de integración que se produce
durante el baile, con mayor rigor, si se quiere,
en la danza. En la danza libre, danzante, cuerpo,
mente y experiencia de la danza devienen uno,
inevitable e inextricablemente imbricados en una
madeja inseparable; donde cada “componente”
resulta definido por el otro. En educación,
por lo común, no ocurre así. Las
tentativas sistemáticas de formar al sujeto,
contradicen la verdad raigal de la unidad de las
cosas en el mundo y el mundo en las cosas. Es
la educación en y para la escisión,
herencia del pensamiento cartesiano hegemónico
durante la modernidad y enraizado en los tiempos
postmodernos, si es viable el término.
Buena parte del siglo XX nos ha formado en cierta
medida bajo la égida escisionista que divide
el mundo y aisla las cosas entre sí. La
separación de la mente y el cuerpo como
expresión de la mirada cartesiana continuó
señoreando sobre nuestras representaciones
y así, en el terreno de la creatividad
(considerada principalmente como un acto de la
razón) aprender a crear, bajo la asunción
de que es posible convertirse en un creador, ésta
se veía o se ve como la posesión
de técnicas e instrumentos que permitan
crear, solucionar problemas, ver el mundo de manera
diferente, comprender relaciones, poder arribar
a soluciones o productos de utilidad social, que
los otros deberían sancionar.
Se separaron así, y desde esta misma mentalidad
aludida, la creatividad como proceso, como producto,
como contexto, como expresión del sujeto.
La creatividad se consideró patrimonio
de una mente lo suficientemente entrenada y poderosa
como para producir novedad y originalidad, que
no recurría a otro instrumento que a la
razón. El cuerpo estaba ahí, pero
no era ni siquiera un emisario, sólo un
testigo mudo y casi inútil a la sombra
o a la luz, pero inútil… o en última
instancia irrelevante. Si bien se partió
del requisito de que la creación y la creatividad
necesitan desbloqueo, desinhibición y dosis
de libertad para expresarse, este momento se vio
en sí mismo, y el producto final o el destino
de lo que allí ocurría era convertirse
en un producto censurado y que sólo mediante
la censura deviene obra creativa en tanto novedad
y originalidad. De nuevo la razón haciendo
de las suyas.
Tal vez uno de los resultados más infelices
de la educación en el siglo XX, ha sido
el no trabajar suficientemente en la eliminación
de las barreras reales que se alzan ante la creatividad
de los estudiantes, hacerlos ver como meros consumidores
y repetidores de patrones; en términos
de danza ponerlos en la situación de repetidores
de pasos inventados por otros y no situarlos en
la posición de quien inventa, crea sus
propios pasos; acallando, de esta manera, la potencialidad
personal de crear, cerrando las puertas al disfrute
verdadero de ese hacer creativo en las aulas,
en las situaciones de aprendizaje.
BREVE MIRADA AL ESPACIO
CREATIVO
Existen tres aspectos, que creo han recibido muy
poco tratamiento sistemático en educación.
Estos son: la vivencia creativa; la intencionalidad
y la disposición creativa del sujeto; y
la responsabilidad creativa. Me detendré
brevemente en cada uno de ellos.
LA VIVENCIA CREATIVA
Todo momento genuinamente creativo genera esa
“sensación” de estar creando,
que puede denominarse vivencia. Soy consciente
de que manejo una noción de vivencia nada
ortodoxa, que no es solamente un estado psicofísico;
sino que abro la posibilidad de vivencia como
la integración de emocionalidad y conocimiento;
hacer y sentir lo que se hace, hacer y sentir
con todo el cuerpo y en todo el cuerpo. Así
entendido, el espacio creativo es, sobre todo,
un modo de vivencia. Un espacio donde el estudiante,
sea el caso, debe experimentar el estar ahí
en todo su ser. Crear es vivenciar la creatividad
y sentirla como piel. Sentirse fundido en producto,
proceso y condiciones, perderse y encontrarse
en el todo. Y esa mirada se ha perdido en un universo
de enseñanza y aprendizaje que concibió
o concibe la creatividad sólo como solución
de problemas y obtención de productos novedosos
y originales. Aprender a ser creativo es vivir
el instante en que uno está pariendo algo
(nuevo); es la sensación de estar participando
en/de una actividad que nadie puede hacer por
uno, más acá o más allá
del producto y del juicio que sobre este acto
pueda hacerse. El propio carácter relativo,
que se le ha conferido a la creatividad en algunos
ámbitos, el educacional entre ellos, legitima
lo que he afirmado.
Desde mi punto de vista, aprender a crear parte
de sentir y poder expresar la vivencia creativa,
que consiste en participar del acto creativo que
está teniendo lugar. Para mí, la
introducción en el desarrollo del sujeto
creativo no consiste en la entrega de técnicas,
de herramientas “que permiten crear”,
sino de propiciar el surgimiento de la vivencia
creativa. Hacer que el estudiante experimente
esa sensación de participar de una actividad
que por momentos no puede explicar, pero que siente
profundamente como una parte suya, como expresión
de su yo.
La situación creativa ante la solución
de un problema, es también una situación
de contagio de la creatividad, contagio de la
necesidad de crear conjuntamente. La necesidad
y el placer de estar incluido(s) o incluida(s)
en una situación que nos atrapa y no nos
suelta o que atrapamos y no soltamos. Pienso,
también, que el tratamiento de la vivencia,
sobre todo en su manifestación como placer
de crear que es sentido y en cierto momento comunicable
en el hacer mismo, es la clave para que las personas
o los estudiantes ¬a quienes tratamos de desarrollar
como creativos- permanezcan en ese espacio de
creatividad que implica constancia y perseverancia,
tolerancia al fracaso y la frustración,
como suele describirse. La buena vivencia nos
protege de la vergüenza y el desatino, nos
hace mantenernos en el espacio de creatividad
y valorarlo cuando llega el momento. Nos abre
la puerta a la creatividad y nos hala para introducirnos
en ella. Nos salva.
LA INTENCIONALIDAD Y LA
DISPOSICIÓN CREATIVA DEL SUJETO
Una vez en el reino de la creatividad no nos preguntamos
qué hacemos allí, sino qué
vamos a hacer allí. La creatividad necesita
intencionalidad y la intencionalidad no es necesariamente
consubstancial a la creatividad. Al menos no ha
sido así en los intentos específicamente
organizados para desarrollar al sujeto creativo.
En la danza no basta con repetir los mismos pasos
una y otra vez, el cansancio, el aburrimiento
y la trivialidad llegarían muy rápido.
Quien baila (danza) debe en algún momento
querer –y llegar a- introducir sus propios
pasos, esa introducción a veces desconcertante
y no siempre exitosa, pero necesaria y saludable.
Además de aburrimiento, el movimiento repetido,
los giros y vueltas, conocidos hasta las pulgas
del cuello -como diría Kafka¬generan
malestar, inacción y pérdida de
iniciativa, vivencias negativas para el cuerpo
y el alma. Y aunque las vivencias negativas son
necesarias, mucho de ellas no es aconsejable.
Así, devenir un sujeto creativo requiere
que en algún momento surja la intencionalidad
de crear, o más bien que se cultive. Y
el surgimiento de la intencionalidad requiere
disposición. El despliegue y el cultivo
de la intencionalidad requieren disposición,
entendida no sólo como aceptación,
sino también como práctica. No sólo
ese “dejarse ir” en laxitud…
someterse con fina y displicente pasividad a lo
que viene; sino prepararse, agrupar sus fuerzas,
medir sus posibilidades como requisito de la obra.
Y la educación nos ha preparado y enseñado
muy deficientemente para la intencionalidad y
la disposición como atributos personales.
La intencionalidad predominante, en muy poca medida
ha sido la del estudiante, la del sujeto que se
forma, sino la del que forma; no se han hallado
los códigos que apelen e interpelen la
intención del estudiante. Al parecer nos
ha bastado con la dominante que, como sabemos,
es la del profesor. Como dije, la disposición
ha sido confundida con el dejarse estar y llevar:
un sujeto, u objeto, pasivo y respondiente, que
dentro del reino de la creatividad, carente de
iniciativa, no sabe qué hacer; carente
de disposición no puede hacer nada más;
y acaso, si no lo abandona más o menos
tempranamente sólo repite los pasos que
bien se sabe, el trillado movimiento que aprendió
y que le aporta ingenua seguridad: nada creativo
es ni será.
LA RESPONSABILIDAD CREATIVA
Si uno crea es responsable por lo que crea. El
reino de la creatividad es también el reino
de la responsabilidad. Nosotros somos responsables
de nuestros productos. Pero en la tradición
educativa que pretende desarrollar la creatividad
en el sujeto, por lo común la responsabilidad
no recibe el tratamiento debido. Ser responsable
no es sólo ser autor o haber intervenido
en, la responsabilidad implica tomar cuenta de
las consecuencias; para lo cual es necesario seguir
y modificar el “producto”; tener acceso
a él a lo largo del tiempo y condiciones
variables. Reinventarlo si es necesario.
La educación “tradicional”
para la creatividad enajena el producto del productor
y viceversa. La responsabilidad acaba cuando se
entrega (el examen, el ensayo, el ejercicio, el
objeto producido) y ya no existe cabida para nada
más que para la nota o el juicio del otro
(el profesor casi siempre y casi nunca el compañero).
No hay lugar para preguntas sobre el destino de
lo creado; por suerte, porque lo usual es que
termine en una gaveta, legalizado como mero trámite
para obtener una nota. Se ha perdido, así,
toda o buena parte de la riqueza, de la potencialidad
formativa de la acción pedagógica.
Con todo lo anterior, he pretendido delinear muy
brevemente las consecuencias de la escisión.
Vivencia, intencionalidad, disposición
y responsabilidad son algo así como gemelas
idénticas inseparables de un sujeto creativo;
pero que la educación continúa separando
una y otra vez arriesgando al todo que es el sujeto
creativo.
¿QUÉ ENSEÑA
BIODANZA?
Aparentemente me he ido muy lejos de (Bio)danza,
pero no. He querido decir que tradicionalmente
el modelo del desarrollo del sujeto creativo o
creador en la enseñanza, ha sido el del
sujeto racional que persigue incansablemente la
solución aplicando procedimientos cuasi
detectivescos, métodos y técnicas
que se corresponden más con la creación
científica en sus momentos maduros y no
con un proceso formativo. Los estudios de la creatividad
han perdido al verdadero sujeto creativo, precisamente
porque lo ha desarraigado de su cuerpo y de la
vivencia; porque al ocuparse prácticamente
sólo de ofrecerle los instrumentos “idóneos”
para crear, lo ha constreñido a la aplicación
de procedimientos que otros han inventado y que
a la postre devienen ropajes prestados.
He querido decir, también, que muchas veces
la educación tradicional extravía
al sujeto real de la creatividad y de la formación,
al escindirlo en mente y cuerpo, con opacidad
completa de este último y al enajenarlo
en/de sus productos y responsabilidades. Asimismo,
que el logro de un verdadero desarrollo del sujeto
creativo, implica variar el ángulo de mirada
desde el cual sea posible captar la unidad del
sujeto con la situación en que se forma.
Me parece que mucho de esa nueva mirada requerida
se encuentra en Biodanza.
De Biodanza yo recupero, entre otras muchas cosas
valiosas, la integración o unidad que produce
en las personas y pienso que abre puertas a la
eliminación del sujeto escindido. También
valoro el énfasis y la apertura hacia la
vivencia que logra con el método o los
métodos e instrumentos de que se vale,
así como a través de las situaciones
que provoca. La vivencia, como expresión
del yo sin límites y las posibilidades
y potencialidades creativas que se producen precisamente
en la libertad de la danza, son algunos de sus
lados fuertes; pero no sólo la vivencia,
sino también la situación propicia
para que la vivencia sea compartida,
o al menos, para que se produjera lo que alguna
vez denominé, no sé con cuanta corrección,
“sincronía vivencial”, para
la cual el ambiente de Biodanza parece ser muy
favorable.
*Licenciado en Psicología,
Universidad de La Habana y Psicólogo, Universidad
de Chile. Especialización en Lovaina. Doctorado
Academia Ciencias Pedagógica, URSS. Profesor
e investigador, Universidad de La Habana y Academia
de Ciencias de Cuba. Docente Universidad de Chile,
Pontificia Universidad Católica, Universidad
Santo Tomás y Diego Portales.
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